La crisis climática y las acciones sistémicas desde las comunidades
Primero paso: conocer las causas y responsables de las inundaciones, sequías y olas de calor, entre otros eventos extremos. Luego de la toma de consciencia es necesario accionar. En ese camino, la agroecología y el tratamiento adecuado de residuos son experiencias colectivas necesarias para mitigar los efectos del calentamiento global.
Aunque los tomadores de decisión de Argentina lo nieguen, por acción u omisión, el cambio climático se manifiesta de manera evidente en los territorios y comunidades. Sin embargo, existen procesos (productivos y de tratamiento de residuos) que permiten mejorar los suelos, producir alimentos sanos y nutritivos y reducir la producción de gases de efecto invernadero. En definitiva, de lograr una adaptación crítica al cambio climático.
Más allá del territorio donde se vive, todos perciben un cambio en las condiciones del clima que pueden afectar el desarrollo de las vidas. Por ejemplo, quienes tienen una huerta en el área metropolitana de Buenos Aires sufren, junto a las plantas, las condiciones de un verano con escasez de precipitaciones. Esta situación no solo incidió en el escaso crecimiento de las plantas por la falta de agua, sino que facilitó el desarrollo de una mayor cantidad de insectos, como las arañuelas, que ven facilitadas sus condiciones de reproducción y crecimiento en condiciones de altas temperaturas y baja humedad.
Se dice, y se escucha, que el clima cambia, que ya no es el de antes, que afecta a todos y que se debería hacer algo. Pero… ¿Por qué cambia? ¿De qué manera y cómo se producen estos cambios? ¿Qué los produce? ¿Qué se puede hacer?

Foto: Joao Laet / Télam
Los hechos y los procesos poseen múltiples causas. Algunas son naturales, otras se originan en hábitos y costumbres. La mayoría es una combinación de ambas. Los incendios que arrasan el territorio nacional y perjudican a las comunidades; el avance de insectos que se convierten en un problema para la producción agraria (como la chicharrita en el maíz); la sequía que obliga a los productores de hortalizas a utilizar el riego artificial, incrementando los costos de producción; los ríos y arroyos que se secan… Todos estos problemas poseen una matriz común: el cambio y la variabilidad climática que se transforma en una crisis global y afecta la vida de todos los seres vivos que co-habitamos este planeta.
El proceso de artificialización de la agricultura se caracteriza por el no respeto de los flujos, ciclos y relaciones naturales y su reemplazo por la aplicación de fertilizantes, plaguicidas y utilización de tecnologías mecánicas. En el Cono Sur de América Latina, la liberación de la soja transgénica resistente al herbicida glifosato en el año 1996 —relacionada con aspectos económicos y políticos— transformó la estructura agraria.
Dentro de esas modificaciones se extendió un estilo de siembra directa basado en el uso de herbicidas y otros insumos sintéticos. La expansión de los monocultivos, la ausencia de rotaciones de cultivos y el incremento en el uso de plaguicidas poseen notables efectos socioambientales, además de ineficiencia energética.

- Foto: Télam
Clima y tiempo
En la vida cotidiana se suele utilizar de manera indistinta, y errónea, las palabras clima y tiempo para expresar lo que sucede en la atmósfera. Pero estos conceptos refieren a procesos con origen y consecuencias diferentes.
Según el investigador Armando De Fina, el clima es “el conjunto de los fenómenos meteorológicos que caracterizan el estado medio de la atmósfera en un punto de la superficie terrestre”. Esos fenómenos meteorológicos son los que vemos en nuestra vida cotidiana: la lluvia, la temperatura, el viento, las heladas, la nubosidad, el granizo, la presión del aire, la humedad. Estos fenómenos, que se integran e interactúan entre sí, pueden variar, en su frecuencia e intensidad, de un año a otro. Pero para determinar el clima de un lugar dado de la Tierra se tienen en cuenta muchos años de observación, registro y combinación. Por eso decimos un estado “medio” o “promedio” y no solo de un año.
En cambio el tiempo es el estado de la atmósfera existente en un periodo breve pero con fuerte impacto en nuestra vida: fuertes lluvias que nos empapan un fin de semana o heladas tardías que “queman” nuestras plantas de tomate.
Como creadores, hacedores y transmisores de cultura los seres humanos fuimos capaces, en nuestro largo y complejo peregrinar en la tierra, de adaptarnos a las condiciones del clima existentes en los diferentes rincones de nuestro planeta. Las temperaturas (tanto las medias o promedio, como las extremas), los regímenes de lluvia y los vientos fueron modelando nuestros modos y materiales de construcción de viviendas, nuestras vestimentas, las plantas y los modos de cultivar, nuestras comidas e incluso nuestra espiritualidad: dioses, ofrendas y relatos.
Tal es la relación entre los seres vivos y el clima, que la existencia, alimentación y reproducción de los seres vivos modificaron, y aún modifican, las condiciones ambientales de existencia.
Fuimos capaces, primero, de adaptarnos a las condiciones que imponía el clima. Pero lamentablemente, desde hace décadas y debido a nuestros modos de producción y descarte de bienes, lo estamos modificando de manera irreversible. Esto último implica la necesidad de repensar nuestros modos de consumo y estilos de vida implícitos en nuestra cultura.
Las manifestaciones más visibles del cambio climático son el incremento paulatino de las temperaturas medias y extremas, los deshielos en los casquetes polares y en los glaciares, una mayor evaporación de la humedad de los suelos y fuentes de aguas superficiales, las modificaciones en el régimen de lluvias, la imprevisibilidad en la ocurrencia de heladas y la ocurrencia de fenómenos meteorológicos extremos como huracanes, ciclones, nevadas e inundaciones.
Gases de efecto invernadero
Uno de los elementos a tener en cuenta al explicar el cambio climático —producido por los seres humanos— es el incremento de los gases llamados “de efecto invernadero”: el dióxido de carbono, el gas metano y el óxido nitroso.
El dióxido de carbono se incrementa fuertemente por los modos de producción agrarios ligados a la “modernización” de las actividades y al incremento en la monetización de capital. Esto es así porque se requieren cantidades crecientes de combustibles fósiles para la siembra, el control de especies silvestres, el manejo de insectos, las cosechas, el transporte y la industrialización. Esta forma de agricultura se asienta sobre territorios deforestados y afectados por la quema de árboles o de pastizales, con lo que también se libera más cantidad de gas carbónico.

- Foto: Nicolás Pousthomis
Al reemplazar los árboles por cultivos anuales, se reduce la posibilidad de absorber y metabolizar ese dióxido de carbono mediante la fotosíntesis. En síntesis: se produce y libera más dióxido de carbono. reduciéndose a su vez las posibilidades de absorción.
El metano, por su parte, posee una persistencia en la atmósfera mucho más breve que el dióxido de carbono, pero retiene de una manera más vigorosa el calor, lo que lo convierte en un contribuyente importante en el calentamiento global. Su impacto en el calentamiento global es 84 veces mayor que el del dióxido de carbono en un período de 20 años.
Este gas se produce cuando se descomponen materiales orgánicos en ausencia de oxígeno, en especial en las actividades agrarias. Por ejemplo, en la producción de gas por parte de los bovinos en el proceso de digestión de los pastos, y en la posterior transformación en carne y leche, proceso que se ha incrementado y localizado con la alimentación a corral (los llamados feedlots).
Otro ejemplo de generación de metano es la producción de arroz mediante la inundación del cultivo, para evitar el crecimiento de plantas silvestres. La producción de arroz de secano, sin inundación, muestra la posibilidad de obtener resultados alentadores, tanto en los rendimientos productivos como en los márgenes económicos.
Los residuos orgánicos representan aproximadamente el 20 por ciento de las emisiones de metano de origen humano. Los vertederos, basurales o rellenos sanitarios —sin la aplicación de tecnologías que posibiliten la captura de metano— son una de las principales fuentes de difusión de este gas.
Los basurales emiten metano debido a la descomposición anaeróbica (sin oxígeno) de la materia orgánica, lo que ocurre cuando la basura mezclada se apila y se compacta expulsando el oxígeno. La gestión integral de los residuos es una fase fundamental en los procesos de mitigación y adaptación crítica al cambio climático.
El óxido nitroso es liberado a partir de la aplicación y descomposición de fertilizantes nitrogenados, como la urea, que cada vez se aplican con más frecuencia. Sobre todo en la agricultura basada en monocultivos que, al no integrar residuos orgánicos al suelo, requiere de la aplicación de nutrientes específicos.

- Foto: Nicolás Pousthomis
Repensando nuestra (re)integración a la naturaleza
El clima cambió y todos somos vulnerables: productores, consumidores, transformadores de residuos, comerciantes, habitantes de zonas urbanas y rurales. Pero también podemos ser capaces de sobreponernos a dichas modificaciones, de acuerdo con nuestra capacidad de respuesta individual y comunitaria.
Si bien los países y habitantes del planeta producen de manera desigual los gases de efecto invernadero, según los sistemas de producción y consumo, todos sufrimos sus consecuencias.
Es necesario adaptarse críticamente, repensando las formas de vincularse con la naturaleza, los estilos de consumo y modos de producción. Para los agricultores y agricultoras, la adaptación crítica implica pensar y diagramar de manera diferente los agroecosistemas e incluir prácticas agrícolas que promuevan la sustentabilidad, la resiliencia y la estabilidad, como el compostaje.
Los agroecosistemas deben transformarse en espacios complejos, dinámicos, con múltiples relaciones, a partir de la inclusión de biodiversidad y de la nutrición de los suelos. Rediseñar estos sistemas requiere pensar en las interacciones y en la producción total del lote, aprovechando todos los ciclos naturales. Es darle importancia a la energía del sol, las lluvias, el viento, las relaciones entre especies (como las abejas que polinizan los tomates) y los procesos que en dicho sistema pueden darse. Por ejemplo, que todo residuo orgánico sea transformado en abono. Que nada se pierda, que todo sea incorporado al sistema productivo. Estos residuos son organismos vivos que se transforman en el tiempo
También se deberían repensar prácticas relacionadas con la comercialización: generar espacios comunitarios de intercambio y venta desde los mercados de cercanía. De esta manera, se saldrá de los actuales sistemas donde los alimentos “viajan” miles de kilómetros y además lo hacen en envoltorios y en bandejas plásticas.
Se trata de generar respuestas (adaptaciones) desde una vinculación fuerte y sustentable con los bienes naturales y con el resto de los seres vivos. No se puede ni se debe adaptar al cambio climático de cualquier modo, sino compartiendo y poniendo en acción estrategias, tecnologías y prácticas sustentables como aquellas que propone el sistema agroecológico.

- Foto: Nicolás Pousthomis
La adaptación crítica al cambio climático implica organizarse como actores fundamentales de los sistemas alimentarios, en los que cumplimos un rol indelegable en la consecución de la soberanía alimentaria.
La agroecología no es una moda, ni tan solo una alternativa: es mucho más que ello. Es un paradigma, un modelo adaptativo que ofrece pautas generales para luego dar libertad de elección para reforzar los vínculos ambientales y sociales y hacerle frente de manera crítica al cambio climático.
Implica repensar y rediseñar predios generando diversidad cultivada y natural, brindando nutrición adecuada a suelos, posibilitando las interacciones entre todas las formas de vida, aun las que no se ven, para producir alimentos sanos. Incluye la visibilización de la contribución de las mujeres en el manejo de los bienes naturales y en la producción de alimentos, así como la recuperación de una dimensión espiritual en nuestra inclusión en la naturaleza.
Fuente: Agencia Tierra Viva