En las últimas décadas, grandes empresas agrícolas han visto en el monocultivo de este fruto un negocio jugoso que no para de crecer. En algunas zonas del País Valencià está ganando terreno a los cítricos. Pero el éxito del producto tiene una cara menos amable: la gran cantidad de recursos hídricos que reclama y las emisiones derivadas del transporte internacional del producto.