Por unas ciencias forestales para la vida: la vida como sentido de la sustentabilidad
Perder bosques es perder la vida, vida de la que formamos parte. La pérdida de bosques debería ser tan dolorosa como los procesos de desigualdad e injusticia que aún se aprecia en nuestros pueblos. Si no sentimos ningún dolor es que hemos perdido la afectividad ambiental.
Frecuentemente cuando se levantan propuestas en torno a la importancia de la conservación de los bosques inmediatamente surge la crítica que es una actitud insensata, injusta, antihumana o incluso irresponsable porque existen personas que viven en los bosques y de los bosques. Ahora bien esta expresión de preocupación social puede tener varios sentidos:
- De los dones de los bosques para satisfacer necesidades de subsistencia,
- De los suelos de los bosques para producir alimentos,
- De los suelos de los bosques para actividades económicas distintas a la producción agropecuaria con fines alimentarios (minería, petróleo, infraestructura).
Cierto es que aún existen algunas actitudes conservacionistas que consideran que el ser humano en general es un obstáculo para la conservación de bosques, pero está posición no recoge el sentido social de la conservación. Existen diversas corrientes sobre la relación entre conservación y seres humanos.
Las más importantes son: preservacionismo, conservacionismo, ecocentrismo, biocentrismo, conservación inclusiva (integra conservación con el desarrollo humano) y nueva conservación (prioriza beneficios humanos en la conservación), renaturalización.
Entonces, no se puede generalizar que todos los conservacionistas sean insensibles socialmente. Ahora bien, dependiendo desde qué posición filosófica o ideológica se haga el análisis cada una de estas posiciones también están sometidas a críticas. Es necesario aclarar los términos que se usan.
Por ejemplo, la expresión conservacionista puede comprender una actitud preservacionista que reniega de la presencia humana o puede estar asociada a la defensa de la diversidad biológica incluyendo el bienestar del ser humano, como lo hace la Biología de la Conservación.
Hay otro tema que es necesario poner de relieve, se refiere al hecho que la naturaleza no trabaja con la lógica de mantenimiento estático pues se verifican equilibrios dinámicos. Conservación por tanto no puede ser entendido como mantenimiento estático.
El otro tema a tratar refiere a la distinción entre el ser humano y la naturaleza que es lo que hace la ciencia normal. Desde esta perspectiva disyuntiva el sentido de la conservación es proteger a la naturaleza de los impactos de la intervención humana. Pero qué pasa si se considera una ontología relacional entre los seres humanos y la naturaleza. En este caso el ser humano forma parte de la naturaleza y consecuentemente la interacción forma parte de los procesos evolutivos y coevolutivos.
Ello llevaría a reconocer que muchos ecosistemas no son prístinos sino que han sido modificados por el ser humano. Ahora bien, estas modificaciones pueden ser para simplificar los ecosistemas o contribuir a los procesos de diversificación de especies. No se trata por tanto solo de procesos pasivos de adaptación pues los organismos a la vez que se adaptan al entorno también lo transforman. Este es un proceso en bucle, recursivo.
Poblaciones pequeñas, y abstraídas de las presiones de acumulación, han convivido con los entornos en un equilibrio dinámico. Pero las presiones producto del crecimiento poblacional, la sofisticación de herramientas y tecnología, la necesidad de acumulación de ganancias, entre otros factores han provocado que en ocasiones se rompan los equilibrios dinámicos y se empiecen procesos de deforestación incluyendo la degradación de los ecosistemas. En ocasiones también es factible procesos de defaunación, aunque también es posible que determinada especie pueda prosperar al generar condiciones de hábitat.
Pero hasta antes de la década de los 60 la humanidad no estaba explícitamente tan consciente del impacto que estaba provocando por el desarrollo de sus actividades. La diferencia es que ahora sí se conoce lo que estamos provocando con la deforestación, pero igual la deforestación continúa imparable.
Los intentos de controlar la deforestación en la región han sido erráticos, aunque la dirección dominante de los vectores es continuar con la deforestación. Se entiende que es una forma de conquistar y dominar la naturaleza. Con la exacerbación del neoliberalismo, la colonialidad y mercantilización de la naturaleza los procesos de deforestación se han incrementado significativamente.
"El sistema económico hegemónico ha generado un individuo egoísta, materialista, pragmático y rentista"
El sistema económico hegemónico ha generado un individuo egoísta, materialista, pragmático y rentista que busca el camino más directo y fácil para resolver sus necesidades de ingreso y lo convierte en un estilo de vida. Bajo esta perspectiva la persona media considera que los aportes de la filosofía o del pensamiento crítico en general no son significativo o incluso son considerados como pérdida de tiempo. Este discurso está plenamente vigente y es algo con el que hay que lidiar si se quiere recuperar el sentido de la convivencia con la naturaleza.
Las autoridades forestales, incluyendo algunos académicos, no están libres del pensamiento productivista y ceden ante las presiones de conversión de bosques con fines de dar pie a las expresiones de desarrollo de diverso tipo que existen en función de la conversión de bosques. Esto es preocupante porque los actores que se suponen deberían proteger los bosques no necesariamente lo hacen porque consideran que el desarrollo puede hacerse simultáneamente a partir de la mercantilización de los bosques o de otras opciones distintas a los bosques, sin cuidar el equilibrio dinámico que debe haber en la gestión sostenible de los paisajes forestales.
Perder bosques es perder la vida, vida de la que formamos parte. La pérdida de bosques debería ser tan dolorosa como los procesos de desigualdad e injusticia que aún se aprecia en nuestros pueblos. Si no sentimos ningún dolor es que hemos perdido la afectividad ambiental.
"En la mirada mercantilista se pierde el valor intrínseco de los bosques, pero también se pierde la afectividad"
El problema de fondo es que en la mirada mercantilista se pierde el valor intrínseco de los bosques, pero también se pierde la afectividad, la capacidad de admiración y de asombro del maravilloso fenómeno de la vida, con todo lo que esto implica. Si la ética y la estética están ausentes, la valoración siempre estará en términos utilitarios y valorables en los mercados.
Consecuentemente ya no se valora la imaginación, la fantasía, la intuición, la inspiración, la capacidad de deslumbramiento de las formas, aún las microscópicas, los colores, los sonidos de las selvas, el florecimiento de la plurisensorialidad y todo aquello que hace de la vida un fenómeno maravilloso. En otras palabras, todo aquello que hemos llamado nuestra segunda naturaleza simbólica.
"El reconocimiento del valor intrínseco de la naturaleza se plantea en términos de una ética biocultural"
Como es posible apreciar el desarrollo gira en torno a lo material, lo objetivo, lo rentable y no tanto en consideración del valor intrínseco de la naturaleza. Cabe aclarar enfáticamente que el reconocimiento del valor intrínseco de la naturaleza se plantea en términos de una ética biocultural en la que confluyen tanto los derechos humanos e indígenas con su diversidad cultural y lingüística y los derechos de la naturaleza simultáneamente, no uno a costa del otro, puesto que el reto es la convivencia como cohabitantes de la Tierra.
Se entiende que este no es un proceso sencillo, pero, sin embargo es absolutamente necesario. En el entendimiento de una cosmopolítica integradora los bosques también son considerados actores políticos y por tanto tomar en cuenta sus derechos. Hay que recuperar la capacidad de imaginar futuros diferentes, con acción, con pensamiento y con corazón. No todo es materia prima. No todo son los mercados internacionales.
Fuente: Servindi