Bioterrorismo, pesadilla de Occidente Victor M. Toledo


Prensa

La Jornada, México, 6-11-01
http://www.jornada.unam.mx/008a1mun.html 



Bioterrorismo, pesadilla de Occidente
Víctor M. Toledo

Hoy, frente a la amenaza del terrorismo hay que bajar las cortinas, tapizar de muros las puertas y ventanas, cerrar los escaparates, prepararse para lo peor, amurallarse, vigilar a los desconocidos, sospechar de los diferentes, garantizar, en fin, la "seguridad interna". En las últimas tres semanas hemos sido testigos de la creación de acuerdos, manifiestos, legislaciones, instituciones, objetos, aparatos, máquinas y dispositivos para evitar el terrorismo en los principales países de Occidente. Casi sin excepción ha sido una afirmación del pensamiento único. Y es que la idea de detener y destruir a toda costa la amenaza, ha diluido y finalmente sepultado el interés por comprender al "otro", por entender las causas de su barbarie, por descifrar los motivos que los mueven a realizar actos irracionales o suicidas. Las masas informadas y educadas de Occidente se han vuelto los monótonos ejecutantes de un acto reflejo: todos se pertrechan y se ponen del lado de "las fuerzas positivas de la creación" (Bush), sin preguntarse si ése es el camino más adecuado para realmente detener y desactivar el terrorismo.

La lucha contra el terrorismo es hoy un viaje por comportamientos monocordes. De las resoluciones de la APEC, pasamos a la Declaración de Bruselas, respaldada por 40 ministros europeos, y de ahí al documento de la conferencia de Madrid, avalada por 32 jefes y ex jefes de Estado, para después saltar a la Ley Patriótica (antiterrorista), promulgada casi instantáneamente por el Congreso de Estados Unidos.

Mientras tanto en los planos más vulgares y domésticos de la vida cotidiana, de la tecnología y del mercado, el paseo se inicia con la propuesta de la prensa británica de convertir al príncipe Carlos en el "embajador antiterrorista" o con el acto de prohibir 150 canciones en la radio estadunidense, por sus posibles alusiones al terror, para terminar en un hecho nunca antes imaginado: la convocatoria del Pentágono en Internet solicitando a los inventores del mundo todo lo que el ejército estadunidense sueña con volver realidad para detener el terrorismo: desde un sistema global de video capaz de garantizar el seguimiento continuo de un individuo por todos los rincones del orbe, hasta una computadora que puede reconocer los idiomas de Oriente o detectar el más mínimo acento árabe o iraní en los angloparlantes.

Bajo el embeleso del mercado, unas cuantas semanas fueron suficientes para comenzar a disfrutar de los nuevos diseños de la tecnología antiterrorista. Los ciudadanos ya pueden disponer gracias a Vital Living, pequeña empresa de Carolina del Norte, del kit casero para detectar ántrax en su propio hogar, o si usted labora en un edificio de más de diez pisos ya no tiene por qué preocuparse de su miedo al vacío: hoy ya se encuentra disponible, por sólo 800 dólares, el miniparacaídas producido por Executivechute.

Y sin embargo, ¿realmente se puede detener el terrorismo biológico?, ¿no es también una forma de locura haber soslayado esta pregunta tan simple como significativa?

De entrada, la guerra biológica pertenece a una dimensión cualitativamente diferente porque está basada ya no en artificios humanos (enormes y cada vez más sofisticadas máquinas de destrucción que implican un complejo conocimiento tecnológico), sino en simples organismos vivos: diminutos microrganismos, invisibles y silenciosos, pero mucho más efectivos, letales y poderosos que las armas convencionales. Y es que no se requiere más que un pequeño cuarto y algunos materiales de bajo costo para construir una fábrica casera de organismos infecciosos, los cuales por cierto se reproducen por sí mismos. Completa el cuadro la tecnología de los aerosoles que permite diseminar en el aire una sustancia convertida en partículas muy finas.

Bastaría con que 40 o 50 mujaidines (guerreros santos) esparcieran microrganismos en una veintena de sitios estratégicos (aeropuertos, centros comerciales, edificios públicos, conductos de agua o aire) para provocar una catástrofe de incalculables consecuencias en el espacio y en el tiempo. El bioterrorismo, más aun cuando lo ejecutan individuos dispuestos al sacrificio, es técnicamente indetenible. Se pueden realizar acciones o iniciativas tendientes a disuadir a sus autores, pero una vez tomada la decisión su ejecución es prácticamente inevitable. En términos militares la paradoja no puede ser más desquiciante: frente a la amenaza de los gérmenes todo el aparato bélico desarrollado por Occidente resulta inapropiado e inoperante porque fue diseñado para enfrentar otra clase de guerra.

Y es que no hay peor enemigo de la moderna civilización industrial que el mundo de lo orgánico (cuya complejidad se basa en principios irreconocibles para el rígido mundo de las máquinas: la diversidad, las tramas, la autorréplica, la energía solar). Por algo estamos viviendo y sufriendo una crisis ecológica de escala global: la racionalidad del mundo industrial es intrínsicamente incompatible con los patrones y principios de la naturaleza. Y la guerra biológica se centra justamente en el "lado blando" de las impresionantes sociedades industriales, aquella parte de la naturaleza que no puede ser suprimida por un mundo de metales, vidrio, plástico y cemento: el cuerpo humano que es, para decirlo pronto, un "ecosistema microbiano", un pequeñísimo fragmento del mundo natural.

Hoy resulta urgente reconocer esta realidad: que el mundo industrializado es altamente vulnerable a la guerra biológica. Que el bioterrorismo es indetenible por su simpleza y su organicidad. Ello implica detener la guerra de inmediato e iniciar un procedimiento tendiente a eliminar las causas que generan el terrorismo. Frente a la complejidad del mundo moderno, se requieren soluciones igualmente complejas, inteligentes y profundas. Sólo así podrán las sociedades occidentales recuperar su paz, sólo así podrán dormir sin pesadillas.
¤ Instituto de Ecología de la UNAM. xm.manu.sokio@odelotv 

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